sábado, 7 de enero de 2023

  15 de noviembre

La sala de mi casa siempre fue un espacio muerto.

Pero el 15 de noviembre, capaz un día antes o capaz un día después, bajaba bruscamente la temperatura.

Caía nieve. 

Prendían miles de chimeneas.

Los panzones se ponían sus abrigos rojos.

Había mujeres pequeñitas esperando parir gigantes rubios.

Un chico tocaba el tambor.

Y en el medio, algunas veces en una esquina, crecía un árbol gigante que reventaba el techo de la sala. 

En su base había un tren.

Cuando te montabas, el maquinista te regalaba galletas y chocolate caliente.

Viajé por todo el mundo en ese tren. No pedían pasaporte ni apostillas en aquel entonces. 

Había un raro secreto en los frutos del árbol. Eran la puerta a otro mundo. Y en ese mundo había otro yo. Pero no era yo. Era otro yo.

Mi otro yo era más narizón.

Tenía los ojos y la boca pequeñita. Algunas veces se le hinchaba un ojo.

Todo eso comenzaba el 15 de noviembre, capaz un día antes o capaz un día después.

El 2 de febrero, teníamos que talar el árbol y reconstruir el techo.

La sala se volvía a morir.

Hace años que me fui de esa sala.

No sé si aún cae nieve, o el maquinista regala galletas y chocolate caliente.

Tengo la duda,

¿Qué habrá sido de mi otro yo narizón?

El último tren

 Llegamos Creel en el Ferrocarril Chihuahua–Pacífico, o como realmente le decían, el Chepe. Creel queda dentro de tierras Tarahumaras; una etnia mexicana conocida entre muchas cosas por sus corredores, quienes prefieren usar guaraches y no zapatos deportivos.

Por ahórranos unos pesos, tomamos la opción más económica de este tren. Esto significaba no tener asientos predefinidos y, para continuar nuestro viaje, debíamos esperar a que el Chepe llegara un determinado día y tener la suerte de conseguir asiento. No conseguirlo representaba esperar dos o tres días más en ese pueblo.

Aunque Creel es un pueblo mágico, no deja de estar en un punto clave de las sierras dominadas por los carteles de la droga. Frecuentemente veíamos soldados fuertemente armados patrullando la zona.

Así pasó una semana y llegó el día de esperar al Chepe para poder seguir viaje.

No fuimos los primeros en llegar a la estación. Para muchos, y en especial para los Tarahumaras, el Chepe es el único medio de trasporte para poder cruzar seguros la sierra.

Así que cuando llegó el tren nos enteramos de que habían dispuesto solo los últimos dos vagones para pasaje de segunda clase, como los nuestros.

Las vías y la entrada al tren rápidamente se atiborraron de Tarahumaras y un grupo de mochileros queriendo seguir viaje. Ante la presión de querer subirnos al tren, salió un guardia; más bien parecía mercenario. Tenía la cara cortada y el bigote tupido.

 

             Atrás hijos de la chingada, o comienzo a disparar – gritó agresivamente mientras apuntaba su fusil a la muchedumbre.

             Mujeres y niños primero – volvió a gritar como si de una película se tratara.

 

Ver el fusil apuntándome a la cara, me lleno de rabia. Pero estaba a merced de la situación. Mucho más no podía hacer. Estaba siendo empujado por la muchedumbre, y al darme la vuelta con mi pesada mochila, me di cuenta de que mis compañeros de viaje se habían rendido al intento de subirnos al Chepe.

Una frustración nos llenó a todos. Habíamos perdido el último tren en días.  

Un flaco y pintoresco anciano con sombrero comenzó a hablarnos de la nada. Le faltaban casi todos los dientes, y su bigote estaba amarillo, pero lo adornaba una pajita que salía de su boca.

 

             500 pesos y los llevo a la siguiente estación – dijo el anciano arrecostado en su vieja camioneta.

Ahí se va a bajar mucha gente y ustedes podrán intentar subirse – nos explicó, mientras agarraba nuestras mochilas y las tiraba en la parte de atrás de su camioneta.

 

Yo tardé pocos segundos en entender lo que proponía el anciano. Perseguir al Chepe y sobrepasarlo para poder llegar a la siguiente estación. Ahora si me sentía en una película.

Minutos después estábamos recorriendo un camino que zigzagueaba repetidas veces las vías del tren. Había mucha adrenalina en el aire. La vieja camioneta estaba toda remachada. Es más, creo que no tenía soldaduras, sino mugre histórica que unía todas las piezas.

 

             Saca la cabeza y pregunta si ya pasó el tren – me gritó el anciano mientras nos aproximábamos a otro cruce de las vías.

             ¿YA PASÓ EL CHEPE? – grite, mientras la gente que estaba en el cruce se reía de mí. Debí parecer un desquiciado sacando la cabeza por la ventana de esa chatarra voladora.

 

Finalmente llegamos a la siguiente estación; Divisadero. Pagamos al conductor y nos bajamos corriendo, buscando posición para el nuevo intento.

No emitíamos palabra alguna, pero todos teníamos el miedo de seguir con la misma racha de mala suerte y no poder completar el viaje a tiempo. Creel no se caracteriza por ser una zona especialmente económica. Aparte, nos estaban esperando en el pueblo de El Fuerte (lugar natal del famoso Don Diego de la Vega, El Zorro), donde un compañero tenía su familia.

La estación de Divisadero estaba llena de gente. Pero esta vez nos pusimos en posición para salir corriendo apenas llegara el tren. Esperamos un rato largo, lo que indicaba dos posibilidades: o el tren avanzaba muy lento, o el anciano con su camioneta había logrado superar la velocidad de la luz. Hoy me inclino por la segunda.

La espera fue eterna. Y no ayudó que una señora nos predijera que no llegaríamos a tomar el tren y, que nuestra segunda opción sería cruzar en una combi, los caminos de la sierra, que aparte estaban custodiados por alcabalas de los carteles de la droga.

 

             Si los paran, que es lo más seguro, les van a quitar todo. Aparte ustedes viajan con una chica muy linda. Cuidado que no se enamoran de ella –

 

En este punto estábamos al borde del colapso de nervios.

Unos minutos después se escuchó el chirrido de las vías que indicaba la llegada del Chepe. Bajamos a las vías. Apenas paró el tren comenzó a bajar una marea de gente. Nosotros no esperamos mucho tiempo para comenzar a acercarnos a los vagones traseros. Para mi sorpresa, el mismo guardia que me había apuntado la estación de Creel estaba de vuelta en esta puerta del tren. Tenía miedo de que volviera a sacar su fusil, pero esta vez solo se limitó a estirar su mano y ayudarme a subir. Luego de unas cinco personas después subieron mis compañeros. Nos sentamos en las butacas, y un aire de alivio nos invadió el cuerpo.

Pasamos las siguientes 5 horas en el balcón posterior del Chepe. Veíamos la sierra de noche y celebrábamos nuestra pequeña, pero intensa aventura. 

 


 

Beatriz

Creo que eran los jueves o capaz los martes. Pero ese día, escuchaba el carrito del limpia piso rodando por el pasillo.

Mi habitación era la última. Eso me daba una media hora o capaz una hora más de tiempo antes de tener que salir.

Algunas mañanas me ganaba la pereza o el cansancio por no haber dormido, y decidía quedarme estudiando en mi habitación.

Fue así como conocí a Beatriz.

Delgada, no huesuda, pero castigada por… no se. No era por el tiempo. Algo le había pasado a Beatriz.

Beatriz era encargada de limpiar las habitaciones, retirar las sábanas y poner unas nuevas limpias.

 

Que lujo – criticaban algunos.

 

Capaz, por mucho tiempo fue el único lujo del que gozábamos. Y que pagaran ese lujo nos costaba la comida de algún sábado o capaz algún domingo.

Beatriz era tímida, y poco contaba de su vida. Aunque alguna vez me dijo que también se quedaba sin comer. Fue así como me hice amigo de Beatriz. Porque algún lunes o capaz algún miércoles, le compartí un café y una arepita.

Beatriz me dijo que me conocía. Yo claramente no me acordaba de ella. Dijo que, al principio de esta historia, yo la saludé y charlé con ella. Cada tanto le tocaba rotación de las habitaciones hacia las oficinas y laboratorios. Pero me dijo que, en ese momento, nadie le regalaba café ni arepitas.

Beatriz era curiosa, pero nunca había salido de ese lugar. Aun así, me hablaba sobre viajar, conocer y alejarse.

Fue así como me hice cercano a Beatriz.

Una mañana, capaz un viernes, me quedé en mi habitación hasta tarde. Pero Beatriz nunca pasó. Pregunté por ella, pero nadie supo darme razón. Pensé entonces que capaz había enfermado, o capaz había logrado viajar.

Y así pasó el tiempo y me olvidé de Beatriz.

Una tarde, casi cerca del fin de esta historia, llegué a mi habitación. Las sábanas estaban limpias y sobre ellas, un paquete con una nota de Beatriz. Explicaba que había tenido que irse, porque la amenazaron. Y es que las historias de barrio son jodidas.

El paquete era un vernier; en algunos países le dicen pie de rey o calibre.

En la nota, Beatriz explicaba que este artefacto había pertenecido de su hijo. Capaz me dijo el nombre, pero no puedo recordar el nombre del hijo de Beatriz, pero fue de él un tiempo. Ahora era mío.

El hijo de Beatriz fue ajusticiado en un arreglo de cuentas. Y es que las historias de barrio son jodidas. Beatriz me contaba que también había salido herida en ese ajuste, aunque lo más duro fue perder a su hijo.

En la nota, Beatriz decía que ese vernier me lo regalaba, porque recordaba que yo tenía uno sobre la mesa cuando nos conocimos. Me pedía que le diera futuro a ese trozo de metal. Era una manera, la manera de Beatriz, de mantener vivo a su hijo.

La cosa es que,

¿Cómo le explico a Beatriz que me tocó dejar a su hijo atrás?

Quiero explicarle que no lo puede traer conmigo en este viaje. Quiero pensar que en el siguiente sí.  

Ahora tengo la duda,

¿Dónde estará Beatriz?

Capaz está enferma, o capaz logró viajar.

 

Contexto— Esto se desarrolló durante mis estudios doctorales en San Antonio de Los Altos, Venezuela. Yo vivía, estudiaba y trabajaba dentro del IVIC (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas). Dentro del campus del instituto existían residencias estudiantiles y centros de investigación. Beatriz pertenecía a la cooperativa encargada de la limpieza del instituto.