La sala de mi casa siempre fue un espacio muerto.
Pero el 15 de noviembre, capaz un día antes o capaz un día después, bajaba bruscamente la temperatura.
Caía nieve.
Prendían miles de chimeneas.
Los panzones se ponían sus abrigos rojos.
Había mujeres pequeñitas esperando parir gigantes rubios.
Un chico tocaba el tambor.
Y en el medio, algunas veces en una esquina, crecía un árbol gigante que reventaba el techo de la sala.
En su base había un tren.
Cuando te montabas, el maquinista te regalaba galletas y chocolate caliente.
Viajé por todo el mundo en ese tren. No pedían pasaporte ni apostillas en aquel entonces.
Había un raro secreto en los frutos del árbol. Eran la puerta a otro mundo. Y en ese mundo había otro yo. Pero no era yo. Era otro yo.
Mi otro yo era más narizón.
Tenía los ojos y la boca pequeñita. Algunas veces se le hinchaba un ojo.
Todo eso comenzaba el 15 de noviembre, capaz un día antes o capaz un día después.
El 2 de febrero, teníamos que talar el árbol y reconstruir el techo.
La sala se volvía a morir.
Hace años que me fui de esa sala.
No sé si aún cae nieve, o el maquinista regala galletas y chocolate caliente.
Tengo la duda,
¿Qué habrá sido de mi otro yo narizón?
No hay comentarios:
Publicar un comentario