Llegamos
Creel en el Ferrocarril Chihuahua–Pacífico, o como realmente le decían, el
Chepe. Creel queda dentro de tierras Tarahumaras; una etnia mexicana conocida
entre muchas cosas por sus corredores, quienes prefieren usar guaraches y no
zapatos deportivos.
Por
ahórranos unos pesos, tomamos la opción más económica de este tren. Esto
significaba no tener asientos predefinidos y, para continuar nuestro viaje,
debíamos esperar a que el Chepe llegara un determinado día y tener la suerte de
conseguir asiento. No conseguirlo representaba esperar dos o tres días más en
ese pueblo.
Aunque
Creel es un pueblo mágico, no deja de estar en un punto clave de las sierras
dominadas por los carteles de la droga. Frecuentemente veíamos soldados
fuertemente armados patrullando la zona.
Así
pasó una semana y llegó el día de esperar al Chepe para poder seguir viaje.
No
fuimos los primeros en llegar a la estación. Para muchos, y en especial para
los Tarahumaras, el Chepe es el único medio de trasporte para poder cruzar
seguros la sierra.
Así
que cuando llegó el tren nos enteramos de que habían dispuesto solo los últimos
dos vagones para pasaje de segunda clase, como los nuestros.
Las
vías y la entrada al tren rápidamente se atiborraron de Tarahumaras y un grupo
de mochileros queriendo seguir viaje. Ante la presión de querer subirnos al
tren, salió un guardia; más bien parecía mercenario. Tenía la cara cortada y el
bigote tupido.
Atrás hijos de la chingada, o
comienzo a disparar – gritó agresivamente mientras apuntaba su fusil a la
muchedumbre.
Mujeres y niños primero – volvió a
gritar como si de una película se tratara.
Ver
el fusil apuntándome a la cara, me lleno de rabia. Pero estaba a merced de la
situación. Mucho más no podía hacer. Estaba siendo empujado por la muchedumbre,
y al darme la vuelta con mi pesada mochila, me di cuenta de que mis compañeros
de viaje se habían rendido al intento de subirnos al Chepe.
Una
frustración nos llenó a todos. Habíamos perdido el último tren en días.
Un
flaco y pintoresco anciano con sombrero comenzó a hablarnos de la nada. Le
faltaban casi todos los dientes, y su bigote estaba amarillo, pero lo adornaba
una pajita que salía de su boca.
500 pesos y los llevo a la
siguiente estación – dijo el anciano arrecostado en su vieja camioneta.
Ahí se va a bajar mucha gente y ustedes podrán intentar
subirse – nos explicó, mientras agarraba nuestras mochilas y las tiraba en la
parte de atrás de su camioneta.
Yo
tardé pocos segundos en entender lo que proponía el anciano. Perseguir al Chepe
y sobrepasarlo para poder llegar a la siguiente estación. Ahora si me sentía en
una película.
Minutos
después estábamos recorriendo un camino que zigzagueaba repetidas veces las
vías del tren. Había mucha adrenalina en el aire. La vieja camioneta estaba
toda remachada. Es más, creo que no tenía soldaduras, sino mugre histórica que unía
todas las piezas.
Saca la cabeza y pregunta si ya
pasó el tren – me gritó el anciano mientras nos aproximábamos a otro cruce de
las vías.
¿YA PASÓ EL CHEPE? – grite,
mientras la gente que estaba en el cruce se reía de mí. Debí parecer un
desquiciado sacando la cabeza por la ventana de esa chatarra voladora.
Finalmente
llegamos a la siguiente estación; Divisadero. Pagamos al conductor y nos
bajamos corriendo, buscando posición para el nuevo intento.
No
emitíamos palabra alguna, pero todos teníamos el miedo de seguir con la misma
racha de mala suerte y no poder completar el viaje a tiempo. Creel no se
caracteriza por ser una zona especialmente económica. Aparte, nos estaban
esperando en el pueblo de El Fuerte (lugar natal del famoso Don Diego de la
Vega, El Zorro), donde un compañero tenía su familia.
La
estación de Divisadero estaba llena de gente. Pero esta vez nos pusimos en
posición para salir corriendo apenas llegara el tren. Esperamos un rato largo,
lo que indicaba dos posibilidades: o el tren avanzaba muy lento, o el anciano
con su camioneta había logrado superar la velocidad de la luz. Hoy me inclino
por la segunda.
La
espera fue eterna. Y no ayudó que una señora nos predijera que no llegaríamos a
tomar el tren y, que nuestra segunda opción sería cruzar en una combi, los
caminos de la sierra, que aparte estaban custodiados por alcabalas de los
carteles de la droga.
Si los paran, que es lo más seguro,
les van a quitar todo. Aparte ustedes viajan con una chica muy linda. Cuidado
que no se enamoran de ella –
En
este punto estábamos al borde del colapso de nervios.
Unos
minutos después se escuchó el chirrido de las vías que indicaba la llegada del
Chepe. Bajamos a las vías. Apenas paró el tren comenzó a bajar una marea de
gente. Nosotros no esperamos mucho tiempo para comenzar a acercarnos a los
vagones traseros. Para mi sorpresa, el mismo guardia que me había apuntado la
estación de Creel estaba de vuelta en esta puerta del tren. Tenía miedo de que
volviera a sacar su fusil, pero esta vez solo se limitó a estirar su mano y
ayudarme a subir. Luego de unas cinco personas después subieron mis compañeros.
Nos sentamos en las butacas, y un aire de alivio nos invadió el cuerpo.
Pasamos
las siguientes 5 horas en el balcón posterior del Chepe. Veíamos la sierra de
noche y celebrábamos nuestra pequeña, pero intensa aventura.