Creo que eran los jueves o capaz los martes. Pero ese día, escuchaba el carrito del limpia piso rodando por el pasillo.
Mi habitación era la última. Eso me daba una media hora o capaz una hora más de tiempo antes de tener que salir.
Algunas mañanas me ganaba la pereza o el cansancio por no haber dormido, y decidía quedarme estudiando en mi habitación.
Fue así como conocí a Beatriz.
Delgada, no huesuda, pero castigada por… no se. No era por el tiempo. Algo le había pasado a Beatriz.
Beatriz era encargada de limpiar las habitaciones, retirar las sábanas y poner unas nuevas limpias.
Que lujo – criticaban algunos.
Capaz, por mucho tiempo fue el único lujo del que gozábamos. Y que pagaran ese lujo nos costaba la comida de algún sábado o capaz algún domingo.
Beatriz era tímida, y poco contaba de su vida. Aunque alguna vez me dijo que también se quedaba sin comer. Fue así como me hice amigo de Beatriz. Porque algún lunes o capaz algún miércoles, le compartí un café y una arepita.
Beatriz me dijo que me conocía. Yo claramente no me acordaba de ella. Dijo que, al principio de esta historia, yo la saludé y charlé con ella. Cada tanto le tocaba rotación de las habitaciones hacia las oficinas y laboratorios. Pero me dijo que, en ese momento, nadie le regalaba café ni arepitas.
Beatriz era curiosa, pero nunca había salido de ese lugar. Aun así, me hablaba sobre viajar, conocer y alejarse.
Fue así como me hice cercano a Beatriz.
Una mañana, capaz un viernes, me quedé en mi habitación hasta tarde. Pero Beatriz nunca pasó. Pregunté por ella, pero nadie supo darme razón. Pensé entonces que capaz había enfermado, o capaz había logrado viajar.
Y así pasó el tiempo y me olvidé de Beatriz.
Una tarde, casi cerca del fin de esta historia, llegué a mi habitación. Las sábanas estaban limpias y sobre ellas, un paquete con una nota de Beatriz. Explicaba que había tenido que irse, porque la amenazaron. Y es que las historias de barrio son jodidas.
El paquete era un vernier; en algunos países le dicen pie de rey o calibre.
En la nota, Beatriz explicaba que este artefacto había pertenecido de su hijo. Capaz me dijo el nombre, pero no puedo recordar el nombre del hijo de Beatriz, pero fue de él un tiempo. Ahora era mío.
El hijo de Beatriz fue ajusticiado en un arreglo de cuentas. Y es que las historias de barrio son jodidas. Beatriz me contaba que también había salido herida en ese ajuste, aunque lo más duro fue perder a su hijo.
En la nota, Beatriz decía que ese vernier me lo regalaba, porque recordaba que yo tenía uno sobre la mesa cuando nos conocimos. Me pedía que le diera futuro a ese trozo de metal. Era una manera, la manera de Beatriz, de mantener vivo a su hijo.
La cosa es que,
¿Cómo le explico a Beatriz que me tocó dejar a su hijo atrás?
Quiero explicarle que no lo puede traer conmigo en este viaje. Quiero pensar que en el siguiente sí.
Ahora tengo la duda,
¿Dónde estará Beatriz?
Capaz está enferma, o capaz logró viajar.
Contexto— Esto se desarrolló durante mis estudios doctorales en San Antonio de Los Altos, Venezuela. Yo vivía, estudiaba y trabajaba dentro del IVIC (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas). Dentro del campus del instituto existían residencias estudiantiles y centros de investigación. Beatriz pertenecía a la cooperativa encargada de la limpieza del instituto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario