sábado, 7 de enero de 2023

El último tren

 Llegamos Creel en el Ferrocarril Chihuahua–Pacífico, o como realmente le decían, el Chepe. Creel queda dentro de tierras Tarahumaras; una etnia mexicana conocida entre muchas cosas por sus corredores, quienes prefieren usar guaraches y no zapatos deportivos.

Por ahórranos unos pesos, tomamos la opción más económica de este tren. Esto significaba no tener asientos predefinidos y, para continuar nuestro viaje, debíamos esperar a que el Chepe llegara un determinado día y tener la suerte de conseguir asiento. No conseguirlo representaba esperar dos o tres días más en ese pueblo.

Aunque Creel es un pueblo mágico, no deja de estar en un punto clave de las sierras dominadas por los carteles de la droga. Frecuentemente veíamos soldados fuertemente armados patrullando la zona.

Así pasó una semana y llegó el día de esperar al Chepe para poder seguir viaje.

No fuimos los primeros en llegar a la estación. Para muchos, y en especial para los Tarahumaras, el Chepe es el único medio de trasporte para poder cruzar seguros la sierra.

Así que cuando llegó el tren nos enteramos de que habían dispuesto solo los últimos dos vagones para pasaje de segunda clase, como los nuestros.

Las vías y la entrada al tren rápidamente se atiborraron de Tarahumaras y un grupo de mochileros queriendo seguir viaje. Ante la presión de querer subirnos al tren, salió un guardia; más bien parecía mercenario. Tenía la cara cortada y el bigote tupido.

 

             Atrás hijos de la chingada, o comienzo a disparar – gritó agresivamente mientras apuntaba su fusil a la muchedumbre.

             Mujeres y niños primero – volvió a gritar como si de una película se tratara.

 

Ver el fusil apuntándome a la cara, me lleno de rabia. Pero estaba a merced de la situación. Mucho más no podía hacer. Estaba siendo empujado por la muchedumbre, y al darme la vuelta con mi pesada mochila, me di cuenta de que mis compañeros de viaje se habían rendido al intento de subirnos al Chepe.

Una frustración nos llenó a todos. Habíamos perdido el último tren en días.  

Un flaco y pintoresco anciano con sombrero comenzó a hablarnos de la nada. Le faltaban casi todos los dientes, y su bigote estaba amarillo, pero lo adornaba una pajita que salía de su boca.

 

             500 pesos y los llevo a la siguiente estación – dijo el anciano arrecostado en su vieja camioneta.

Ahí se va a bajar mucha gente y ustedes podrán intentar subirse – nos explicó, mientras agarraba nuestras mochilas y las tiraba en la parte de atrás de su camioneta.

 

Yo tardé pocos segundos en entender lo que proponía el anciano. Perseguir al Chepe y sobrepasarlo para poder llegar a la siguiente estación. Ahora si me sentía en una película.

Minutos después estábamos recorriendo un camino que zigzagueaba repetidas veces las vías del tren. Había mucha adrenalina en el aire. La vieja camioneta estaba toda remachada. Es más, creo que no tenía soldaduras, sino mugre histórica que unía todas las piezas.

 

             Saca la cabeza y pregunta si ya pasó el tren – me gritó el anciano mientras nos aproximábamos a otro cruce de las vías.

             ¿YA PASÓ EL CHEPE? – grite, mientras la gente que estaba en el cruce se reía de mí. Debí parecer un desquiciado sacando la cabeza por la ventana de esa chatarra voladora.

 

Finalmente llegamos a la siguiente estación; Divisadero. Pagamos al conductor y nos bajamos corriendo, buscando posición para el nuevo intento.

No emitíamos palabra alguna, pero todos teníamos el miedo de seguir con la misma racha de mala suerte y no poder completar el viaje a tiempo. Creel no se caracteriza por ser una zona especialmente económica. Aparte, nos estaban esperando en el pueblo de El Fuerte (lugar natal del famoso Don Diego de la Vega, El Zorro), donde un compañero tenía su familia.

La estación de Divisadero estaba llena de gente. Pero esta vez nos pusimos en posición para salir corriendo apenas llegara el tren. Esperamos un rato largo, lo que indicaba dos posibilidades: o el tren avanzaba muy lento, o el anciano con su camioneta había logrado superar la velocidad de la luz. Hoy me inclino por la segunda.

La espera fue eterna. Y no ayudó que una señora nos predijera que no llegaríamos a tomar el tren y, que nuestra segunda opción sería cruzar en una combi, los caminos de la sierra, que aparte estaban custodiados por alcabalas de los carteles de la droga.

 

             Si los paran, que es lo más seguro, les van a quitar todo. Aparte ustedes viajan con una chica muy linda. Cuidado que no se enamoran de ella –

 

En este punto estábamos al borde del colapso de nervios.

Unos minutos después se escuchó el chirrido de las vías que indicaba la llegada del Chepe. Bajamos a las vías. Apenas paró el tren comenzó a bajar una marea de gente. Nosotros no esperamos mucho tiempo para comenzar a acercarnos a los vagones traseros. Para mi sorpresa, el mismo guardia que me había apuntado la estación de Creel estaba de vuelta en esta puerta del tren. Tenía miedo de que volviera a sacar su fusil, pero esta vez solo se limitó a estirar su mano y ayudarme a subir. Luego de unas cinco personas después subieron mis compañeros. Nos sentamos en las butacas, y un aire de alivio nos invadió el cuerpo.

Pasamos las siguientes 5 horas en el balcón posterior del Chepe. Veíamos la sierra de noche y celebrábamos nuestra pequeña, pero intensa aventura. 

 


 

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